“Los Siete Colores…” al aire, ¡por fin!


Hace seis años, un día viernes allá en la bonita (pero no tan amable) ciudad de Viena abandoné, gracias a Dios, el Cristianismo. Medio helado y metido en las cobijas, leía unos artículos de fuentes judías ortodoxas, hasta que el sentido común y la lógica vencieron a la ya desgastada resistencia que presentaban mis creencias religiosas.

Lloré mucho. Pero no soy de las personas a las que les gusta llorar si no más bien de “armas tomar”, como se dice en Ecuador. El domingo inmediato, fui a la iglesia donde iba y devolví unas cuantas cosas que me habían prestado, no volví nunca más. Ni volveré a entrar a una iglesia (a menos que sea para salvar la vida de alguien).

Debido a la ineficiencia malintencionada de unos oficiales xenófobos (probablemente hinchas del neonazi Hayder) que tenían a su cargo conceder las visas para mi esposa e hijo (que todavía estaban en Ecuador), tuve que abandonar mis estudios doctorales y regresar con deudas a mi patria – era un 3 de marzo. A veces me decían que “de gana regresaste, debiste quedarte en Austria aunque sea de ilegal“, por el asunto económico. Pero para mi, aun endeudado, ya estaba justificado aquel tiempo en Austria: ¡estaba endeudado pero era libre!

Dejé casi toda mi ropa en Viena. Lo importante era que en la maleta entrara ese montón de artículos que me habían ayudado a liberarme. Mi intensión era llegar “armado”, para poder mostrarles a mis parientes evangélicos los tremendos errores del Cristianismo…

Casi todos esos artículos trataban sobre Judaísmo. Pero un par de hojitas sueltas hablaban sobre unas Siete Leyes. ¡Ah! Pero esas Siete Leyes no eran para mí: yo me convertiría al Judaísmo y cuidado con quien se atraviese en mi camino…

No fue difícil hacerle entender a mi parentela cercana que el Cristianismo no es Monoteísmo. Sin embargo, nadie compartía ese tremendo interés mio por el Judaísmo. Pero cuando les leí esas hojitas sobre las Siete Leyes, mi suegra dijo: “Eso, eso mismo quiero yo. ¿Por qué no trae más material que nos lea de eso?“.

Así que, por mi suegra, comencé a buscar en Internet ya no Judaísmo sino Noajismo. Lo que encontré fue los libros “The Path of the Righteous Gentile” (Clorfene & Rogalsky) y “The Seven Colors of the Rainbow” (Rabbi Y. Bindman). Costaban unos dólares que para mi eran imposibles. Pero decidí al menos bajar unos resúmenes del libro de Clorfene & Rogalsky para leerlos a mi suegra.

Entonces, como que nada, un día que caminaba apesadumbrado por la dura situación que atravesaba junto a mi esposa e hijo (estábamos incluso de allegados donde mi suegra), me dije a mi mismo que si tenía esos libros en mis manos, los estudiaría hasta que me los supiera de memoria…

Un par de días después de esto, me llegó un e-mail de la universidad austríaca. Me pedían un número de cuenta bancaria para pagarme el mes de marzo, mes que no correspondía que me paguen mi beca pues ya viajé a Ecuador. Sin embargo, me dí cuenta que la intensión era que recibiera ese dinero como un tipo de reparación por lo acontecido. Pedí que me hicieran un giro electrónico aunque perdiera yo un porcentaje por gastos de envío, ¡no vaya a ser que se arrepientan!

Con ese dinero pague mis deudas. Motivado por el suceso decidí reactivar una carta de aceptación que me habían ofrecido de la Universidad de Chile… Es que hace como un año atrás, justo el mismo día, había recibido dos cartas de aceptación (con becas de por medio): una era para Austria y la otra era para Chile. Yo opté por Austria pues era país de primer mundo…

Los profesores chilenos estuvieron encantados con mi renovado interés. Pero para esta nueva aventura mi esposa puso una sola objeción: ¡o nos vamos todos o no hay viaje! Así que, con nuevas deudas adquiridas, me fui en bus desde Quito hasta Santiago de Chile (mi esposa e hijo viajarían en avión dos semanas más tarde). Lindo viaje, cuando llegué experimenté nuevamente lo que es el invierno (en Ecuador no hay estaciones), esta vez el invierno del hemisferio sur. Llegué a Santiago un buen 28 de julio con una temperatura de 0 °C.

Para mi esposa era la primera vez que se alejaba de su familia. Los primeros meses fueron realmente difíciles: a más de las deudas, mi matrimonio estaba muy mal. Una de las cosas que más me pesaba era que ya no podía enseñarle ni a mi suegra ni a mis otros parientes sobre esas Siete Leyes.

Así que decidí que me daría modos: compraría esos libros y los traduciría. De esa manera, yo podría enviar por email, capítulo a capítulo, material para que pudieran aprender allá en mi ciudad. Le pedí a un tío de mi esposa que vive en los EEUU que comprará los libros con su tarjeta de crédito para yo pagarle via giro (para comprar se necesitaba tarjeta de crédito). Me contestó que no había ningún problema: el me los regalaba, incluido el envío.

Tan pronto llegaron los libros por correo rápido, los devoré. Una vez, dos veces, tres veces. Hasta que tenía “clara la película”. Entonces empecé a traducir “Los Siete Colores del Arco Iris”… poco a poco, pedazo a pedazo, lo iba venciendo… Envié una misiva al autor informándole sobre lo que estaba haciendo y explicándole que era gratis.

Para optimizar el tiempo decidí cambiar el formato en que traducía. Decidí usar la única herramienta más o menos afín que yo sabía usar: LaTeX, un software hecho por matemáticos para matemáticos para escribir matemáticas. Complicado aprender a usarlo, pero cuando se lo conoce realmente, se lo ama. Lo mismo dice mi mujer de mi…

No se cómo, unos cuantos noájidas pioneros – con especial mención a mi amigo colombiano David Fernández – se unieron a mi suegra en ser los primeros en recibir a retacitos mi trabajo de traducción. Ya no recuerdo bien, quizá Yehuda Ribco nos puso en contacto…

Cuando andaba ya por capítulo 12, se unió a estos pioneros el mismísimo autor. Con su bendición, llegamos al final e la traducción. Nunca olvidaré un buen día en que recibí una llamada telefónica desde Israel: era el mismísimo rabino que me quería felicitar por haber concluido la traducción. Para mis adentros, él no tenía porqué felicitarme, era sólo mi deber. Lo mínimo que se puede hacer para resarcir el daño que hice al encaminar a personas para que se convirtieran al Cristianismo.

Más o menos un mes después de terminada la traducción, cuando me hallaba en el trabajo de revisión, la deuda que contraje para poder movilizarme a Chile fue pagada. Yo la iba a pagar con un dinero que nos había costado muelas ahorrar, pero mi madre se me adelantó y pagó allá en Ecuador…

Bastante agua ha corrido desde que terminé ese trabajo de traducción. Dos traducciones más, una hija más (ahora otro en el vientre bendecido de mi esposa), varios años, muchos dolores, muchas alegrías, un título de doctor y un matrimonio feliz… Pero siempre me quedó la espinita de ver al aire “Los Siete Colores…”

Ahora está disponible una versión electrónica y dependiendo de la respuesta de los noájidas latinoamericanos quizá también una versión impresa.

Si quieres saber cómo puedes poner el hombro, te invito a que vengas a mi blog – donde está disponible una muestra del libro – y dejes un comentario.

https://jmayorga.wordpress.com/arcoiris/
EXTRACTO: https://jmayorga.wordpress.com/arcoiris/extracto/

Con un alto número de comentarios podemos presionar a la casa editora para que “muevan las industrias”.

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Acerca de Juan Mayorga Zambrano

Juan Mayorga Zambrano, Ph.D. Profesor Investigador Ecuador
Esta entrada fue publicada en Actualidad, Etica, Familia, Israel, Judaísmo, Latinoamérica, Mandamientos, Noajismo. Guarda el enlace permanente.

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