¿Verde? porque te quiero verde… ¿era verde?


Quisiera comentar un artículo de Fabían Corral publicado por El Comercio, Ecuador, 25 de junio 2007, pues me parece muy atinada la exposición del autor.

El color verde (el del título de este comentario) fue y es el color elegido por el movimiento político de Rafael Correa (gobernante de Ecuador). Cuando estaba lejano al poder, cuando era “verde“, pero “verde verde“, reclamaba a voz en cuello por que se protejan los derechos humanos, (lo que para él eran) libertades civiles, etc. Si nos hubiéramos dejado llevar por su innegable carizma, hubieramos dicho que “realmente era verde“. Pero parece que conforme se le sigue subiendo la mostaza del poder a la cabeza al señor Correa, sigue perdiendo aquel “verdor“. De un “verde intenso” – interpretado como (aparentemente) sincero aunque (en mi opinión) errado – parece que pasó, y sigue aconteciéndole, una metamorfosis Kafkiana (que parece mostrar lo que realmente había dentro del envoltorio).

Cuando se le pone agua al verde de acuarela, ¿qué queda? “Verde aguita” o “verde pálido“. Y si se le pone más y más agua se llegará al punto en que el pincel ya ni se acuerda cuando pintaba verde. En el caso de Correa y el respeto (o mejor dicho su falta de respeto) a la libertad de expresión, al Estado de Derecho, etc., parece que embebido del agridulce poder no solo que le ha ido poniendo agua al verde de su acuarela y al verde de las camisetas de sus simpatizantes, sino que, más aún, parece que cambió a un rojo sangre – el mismo rojo que clama por revivir al Estalinismo en el Siglo XXI.

Cuando yo pienso en “verde” prefiero recordar unos terrenos que la familia de mi esposa tiene allá en la provincia de Tungurahua: un verde que está ligado a lo cristalino y puro de las aguas de una vertiente natural cercana. Ese “verde” va de la mano, en el ámbito nacional, de una cultura de respeto a las leyes y al Estado de Derecho (sin perjuicio de promover cambios en el Sistema Legal). Sobre este “verdor“, yo diría, tomando las palabras del Romance Sonámbulo de Federico García Lorca:

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
Y el caballo en la montaña.

Pero del gobernante Correa más bien diríamos

¿Verde? porque te quiero verde… ¿era verde?

O sea, ¿alguna vez fue realmente “verde“?

Pero, como lo interpreto del artículo de Fabián Corral (y concuerdo), parece que al amistoso pueblo ecuatoriano lo que le gusta es aquello que pareceverde” pero no es “verde“, que habla de libertad pero intolera al que disiente, que habla de patria para todos pero que absorbe maquiavélicamente tanto poder como le sea posible.


Caducidad de los valores

Fabián Corral, El Comercio, Ecuador, 25 de junio 2007

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El problema de fondo -el verdadero- está en la caducidad de los valores, en la decadencia de la ética, en la ausencia de referentes que ordenan la vida individual y la convivencia social. Lo demás, la degradación de las instituciones, el incumplimiento de la ley, en suma, la corrupción, no son sino síntomas de la devaluación moral, es decir, de la barbarie.

El fetichismo legal, esa aspiración primaria y mágica según la cual el solo cambio de la Constitución y la ley salva a la sociedad e inaugura la justicia, es una de las disparatadas utopías al uso, cuando no la cómoda excusa que impide que nos miremos en el espejo de la verdad. La reforma del Estado es y ha sido insuficiente, y será inocua si no se admite que el problema radica, fundamentalmente, en la crisis de moralidad y en la confusión general que anula la racionalidad, y que hace de la democracia un show mediático y de la república el escenario donde se lo representa.

La historia del Ecuador es el cuento de la legalidad fallida y la legitimidad escamoteada: 20 constituciones y el Estado de derecho es una mentira; miles de leyes y nadie las cumple, ¿por qué?, porque las normas legales no tienen reconocimiento ético, no han podido penetrar en la conciencia ciudadana, no se han convertido en ‘costumbres sociales’. Porque el temor a la sanción no puede suplir a la convicción. Porque predomina, desde siempre, la cultura de la trampa, el compadrazgo y el palanqueo. Porque, en nombre de la ideología, del partido o del caudillo se justifica todo.

El gran tema que tiene engatusada a la opinión pública es la ‘crónica roja política’. Las preocupaciones giran en torno al espionaje como sistema, la delación como fórmula, la intimidación como recurso. E, igual que en la novela de Orwell, lo malo es bueno y la mentira es verdad. Vivimos el reino de la inversión de los valores, el tiempo de la justificación en nombre de cualquier fin; es la plenitud de Maquiavelo que se inaugura en el nombre de nobles ideales. Pero la doctrina del florentino prospera cuando se trata de disputar poder, o de defender o afianzar poder.

Se dirá que la conquista del poder -o la defensa del ‘establishment’- está legitimada por convicciones y que ellas justifican los medios. Esto no es verdad, porque también las convicciones tienen límites. Max Webber hablaba de la ‘ética de la convicción’ y de la ‘ética de la responsabilidad’. No bastan las convicciones -capitalistas o socialistas, da igual- para imponerlas sin más. Esa pretensión está en la base de los dogmatismos, y es el fundamento de la supresión de las libertades y de la imposición de los absolutos. La historia está llena de ‘convencidos’ y también de herejes y de hogueras, de víctimas de los ‘iluminados’. El peor enemigo de las sociedades libres es el místico político que no admite que la otra ética, la de la responsabilidad, impone la obligación de medir los efectos del ejercicio de doctrinas o creencias, que pone linderos a los entusiasmos salvadores y a los arrebatos de redención que tantas tragedias trajeron a los hombres.Tras las crisis, tras los espías y los delatores, están los valores muertos, está la suplantación de los referentes por las tácticas y las consignas, y claro, por el miedo.

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Acerca de Juan Mayorga Zambrano

Juan Mayorga Zambrano, Ph.D. Profesor Investigador Ecuador
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